Arqueología

La palabra arqueología, que deriva del griego (arkhaios) y (logos), y que significa “estudio o tratado de lo antiguo”, es una ciencia que estudia lo que aconteció en tiempos pasados. Y precisamente para llevar a cabo ese estudio se requiere investigar y analizar los restos materiales que sobrevivieron a las inclemencias del tiempo y a la acción del hombre. El quehacer de la arqueología es diverso yespecializado. A partir de los restos materiales, producto de aquellas culturas que antecedieron a la hispánica en el caso de México se hacen diversos estudios para conocer cómo fueron sus pobladores, qué características presentaban sus construcciones, cómo eran sus instrumentos cotidianos, sus objetos rituales, los objetos preciosos que intercambiaban, sus herramientas de guerra, en fin, todo aquello que conformaba su ideología.

 

Para poder realizar estas investigaciones es indispensable excavar con metodologías que permitan conocer los contextos en que originalmente fueron depositados los objetos que, siglos después, se convertirían en los restos arqueológicos que conforman lo que se designa como “zona arqueológica”, “sitio arqueológico” o “asentamiento prehispánico”. Con cualquiera de estos términos podemos designar a distintos tipos de asentamientos o lugares que fueron ocupados y modificados por el hombre. Por ejemplo, tenemos cuevas con pintura mural, peñascos con figuras grabadas (petrograbados), cimas de cerros con restos de cerámica y/o arquitectura (sitios vigía o fortalezas), concheros con cerámica antigua, en fin, cualquier lugar que haya sido modificado por el hombre. La ubicación de los sitios arqueológicos, por tanto, nos señala la función y el uso específico que tuvieron para sus pobladores. Existen sitios ceremoniales, habitacionales, centros urbanos, caseríos, sitios vigía, fortalezas y lugares de culto, entre otros.

En esos espacios encontraremos generalmente restos de cerámica (tepalcates) y fragmentos de piedra trabajada (lítica), que son los que mejor se conservan a través del tiempo. Con el estudio de los tepalcates podemos saber cómo eran sus recipientes de barro, sus ollas, platos, cajetes, comales, vasos, cucharas, etc., aunque también podemos conocer sus incensarios y braseros (recipientes para quemar copal, yerbas, ofrendas), sus figurillas (retratos de dioses, personajes, animales), y muchos otros objetos rituales.

De los objetos hechos en piedra podemos mencionar piedra para la construcción (de cantera, caliza, etc.), objetos de molienda (metates, metlapiles, morteros), instrumentos de corte (cuchillos, navajillas prismáticas, etc.) hechos de diversos materiales, como la obsidiana, sílex, pedernal, cuarzo, etc., y otros de carácter ritual y ornamental, como por ejemplo collares, pulseras, brazaletes, pectorales, figurillas, etc., hechos en cualquier tipo de piedra ya mencionada, o bien en piedras más apreciadas y finas como el jade, jadeíta, turquesa, amatista, etc.

La Organera-Xochipala.

La Organera-Xochipala.

Entre los hallazgos más escasos y por lo mismo más interesantes se encuentran estelas (grandes piedras rectangulares con figuras labradas) y objetos especiales hechos de concha, de madera, textiles, y metales (cobre, plata, oro o cualquier aleación de ellos). El estudio, rescate y conservación de los restos arqueológicos significa, pues, reconstruir parte de la historia de los antiguos pobladores de México y del estado de Guerrero. La importancia de la investigación arqueológica en nuestro estado radica en que mientras más conozcamos los orígenes de nuestros pueblos y de nuestros antepasados estaremos en mejores condiciones de hacer frente a la situación social, política, económica y religiosa del presente, intentando prever el futuro multiétnico para lograr una sociedad mejor integrada ideológicamente.

Las investigaciones en Guerrero.

Las primeras exploraciones en Guerrero parecen haber sido hechas por William Niven, quien a finales del Siglo XIX visitó y excavó en algunos sitios del Balsas Medio y en la región Centro del estado, por los rumbos de Xalitla, Xochipala, Yextla, El Naranjo, Zumpango del Río y el Cañón del Zopilote, cuyos hallazgos trasladó al Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, donde se encuentran hasta el día de hoy.En el INAH, particularmente en el Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología, lugar donde se concentran todos los informes referentes a las actividades arqueológicas realizadas en el país, el informe más antiguo que se refiere a sitios arqueológicos de Guerrero parece ser el presentado por Porfirio Aguirre en 1916, titulado Oztocingo y Ayotzinapa.

De aproximadamente unos 200 sitios que se tenían registrados en 1939 para el estado de Guerrero, de acuerdo al Atlas arqueológico de la República Mexicana, en la actualidad se conocen unos 2000 sitios. Diversas actividades desempeñadas en campo han permitido incrementar el registro y conocimiento de distintas y numerosas manifestaciones culturales en todo el territorio guerrerense. Entre tales actividades, que son de distinta naturaleza, se encuentran los salvamentos arqueológicos, rescates arqueológicos, atención a denuncias por afectación al patrimonio arqueológico, y la realización de proyectos de sitio y de proyectos de área, tanto del INAH como de diversas instituciones nacionales y extranjeras.

Como parte del Proyecto Atlas Arqueológico Nacional, en Guerrero se empezó a trabajar entre 1978 y 1980 por parte de Ana María Pelz y posteriormente por Martha Cabrera entre 1985 y 1988. Con el Programa Procede (Programa de Certificación de Ejidos y Solares) se lograron detectar y registrar más sitios entre 1996 y 2000, participando Guadalupe Goncen, Josefina Gasca y Elizabeth Jiménez. A mediados de este año (2004) se ha retomado el trabajo del Atlas para la región Centro a cargo de Miguel Pérez Negrete.

Desde la década de los 70 se debieron realizar salvamentos arqueológicos por la construcción de presas a lo largo del sistema  hidroeléctrico del río Balsas. Entonces se iniciaron en el Infiernillo (Adolfo López Mateos), que estuvieron a cargo de José Luis Lorenzo entre 1963 y 1964, y la Villita (José María Morelos) y Palos Altos en Arcelia (Vicente Guerrero) por parte de Raúl Arana, Gerardo Cepeda y Noemí Castillo de 1967 a 1968. Aunque fueron muchos los estudios que se hicieron a la gran cantidad de materiales recuperados sólo algunos de ellos fueron publicados:

Norberto González sobre el Patrón de Asentamiento, Guadalupe Mastache que estudió los textiles, y Lourdes Suárez, quien se dedicó al  estudio de los objetos arqueológicos hechos de concha. Entre 1979 y 1980 se realizó otro salvamento en la cuenca del río Balsas, con el Proyecto El Caracol, trabajos encabezados por Angel García Cook y Felipe Rodríguez. Y en 1990 se realizaron trabajos de reconocimiento de superficie donde se había proyectado construir la presa hidroeléctrica de San Juan Tetelcingo. En Tierra Caliente, entre Guerrero y Michoacán, María Antonieta Moguel trabajó durante 2001, mientras que en Costa Chica, particularmente en el embalse de lo que sería la presa La Parota y que afectaría los sitios arqueológicos situados junto al río Papagayo, Rubén Manzanilla en 2002 se encargó de los trabajos de reconocimiento de superficie.

Además de los trabajos de salvamento efectuados por obras hidráulicas se realizan otros por la introducción de líneas de transmisión eléctrica. En los últimos años, por ejemplo, se registraron sitios arqueológicos entre Acapulco y Zihuatanejo mediante el Proyecto Ixtapa Potencia–Pie de la Cuesta en 2000 y 2001, participando Aarón Arboleyda, Francisco Heredia y Gilberto Ramírez. La línea de transmisión eléctrica que cubriría Chilpancingo–Chilapa y Chilapa–Tlapa estuvo a cargo de Antonio Porcayo y Rafael Domínguez en 2002 y 2003. Ya recientemente se trazaron nuevas líneas de transmisión eléctrica, una desde Zihuatanejo hasta cerca de la desembocadura del río Balsas, y otra, al sur de la presa La Villita o José María Morelos, cuyos trabajos arqueológicos recayeron en Salvador Pulido, Miguel Guevara y Verónica Rojas.

Otro trabajo de salvamento fue el que se realizó en el trazo de la autopista Cuernavaca–Acapulco en 1991; estuvo a cargo de Rubén Manzanilla, quien se dedicó también a la excavación del sitio Cuetlajuchitlan (conocido también como Los Querendes o Paso Morelos) que se convertiría desde esa fecha en un proyecto de sitio. El próximo salvamento arqueológico será el que se lleve a cabo en Costa Chica por el proyecto de la autopista Acapulco–Pinotepa Nacional, que arrojará información referente a un área arqueológica prácticamente desconocida.

En el puerto de Acapulco también se hicieron trabajos de salvamento por la puesta en marcha de obras de urbanización en terrenos del ejido La Sabana, iniciando así el Proyecto Renacimiento en 1981, que arrojaría mayor información en cuanto a sitios arqueológicos  habitacionales, residenciales y petrograbados que se encontraban distribuidos entre los ríos Coyuca y Papagayo. Y en 1990, cuando el Gobierno del estado proyectaba Acapulco Diamante como un nuevo foco turístico que consideraba la construcción de inmuebles hoteleros y residenciales en Icacos, Punta Bruja, la bahía de Puerto Marqués y El Revolcadero, Rubén Manzanilla se hizo cargo de los trabajos por parte del INAH, mientras que personal de la UNAM realizaba otras actividades especializadas.

Entre los proyectos de área cuyos objetivos han incluido el definir regiones culturales se encuentra el de Ixtapa–Zihuatanejo–Petatlán de Rubén Manzanilla que inició en 1986 y del cual derivó el Museo de la Arqueología en Zihuatanejo. Dicho estudio, que continuaría hasta el 2002 e incluiría toda la región de Costa Grande, cristalizó en una tesis de doctorado. Además de éste existen otros trabajos de área igualmente importantes que se han llevado a cabo en varias partes del estado. Entre ellos se encuentra el de Román Piña Chan, quien recorrió la Costa Chica en 1960, encontrando sitios arqueológicos cuyos restos culturales eran similares a los de Oaxaca; uno de estos sitios sería el de Piedra Labrada.

Seguramente derivado del recorrido que hiciera por Tierra Caliente cuando participó en los trabajos arqueológicos de la presa Palos Altos, Raúl Arana se ha dedicado al registro minucioso de la zona de Oztuma, una fortaleza de tiempos mexicas que tuvo impacto regional y era punto clave en las batallas de la región. Jay E. Silverstein, de la Universidad de Pensilvania, en 1998 recorrió y registró numerosos sitios entre Oztuma y Cutzamala.

A finales de la década de los 70, Louise Paradis, de la Universidad de Montreal, empezó a trabajar la región de Tepecoacuilco desde varias perspectivas. Con su equipo de trabajo, logró avances importantes en conocimientos referentes al comercio, a la cerámica, al patrón de asentamiento, a definir rasgos culturales olmecoides y mezcaloides, y como parte de una provincia tributaria sujeta a México– Tenochtitlan.

También a finales de los 70, Rubén Cabrera se interesó en rescatar la mayor cantidad de los sitios arqueológicos localizados en los alrededores de Cocula, pues las obras hidráulicas modernas amenazaban su saqueo y destrucción. De 1979 a 1981, Guadalupe Martínez Donjuán llevó a cabo varios recorridos en la Montaña Alta para obtener información referente a un área entonces desconocida. Esto se ha subsanado con un nuevo proyecto a cargo de Gerardo Gutiérrez, que inició en 2000, y planea llevar a cabo excavaciones en Contlalco, una zona arqueológica en Tlapa.

En la década de los 80, Raúl Arana llevó a cabo un estudio arqueológico y etnohistórico en la región Norte, mediante su Proyecto Coatlán, mientras que ya a principios de 1990 Josefina Gasca se dedicó a recorrer sitios entre Taxco el Viejo, Tecalpulco, Puente Campuzano y Tecuiziapa. Para la región Centro y a partir de 2002, Paul Schmidt, de la UNAM, se ha dedicado al Proyecto Chilapa–Zitlala, también con el propósito de hacer un registro de los sitios arqueológicos, tanto para conocer sus características y patrón de asentamiento, como para llevar a cabo excavaciones restringidas. Su información será sumamente útil para definir cuestiones sobre sitios olmecas y la naturaleza y propósitos de su presencia en esta parte de Guerrero.

Otros proyectos de área que obedecen a cuestiones más específicas dentro de la arqueología son, por ejemplo, los trabajos de Humberto Besso Oberto en el norte de Guerrero, quien se dedicó al registro de las minas prehispánicas y del Siglo XVI. También tenemos las investigaciones que Pedro Armillas realizara en la década de los cuarenta sobre el sistema prehispánico y potencial de cultivos de regadío en el río Balsas. Dos ejemplos más son la tesis de Ellen Brush, quien a mediados de los 70 realizó una tipología de las figurillas de barro procedentes de la Costa Grande, en tanto que Charles Brush lograba el hallazgo de la cerámica más antigua reportada hasta entonces, señalando el año 2500 a. C., en un conchero de Puerto Marqués.

Aunado al trabajo de salvamento también se realizan actividades designadas como Rescates Arqueológicos que consisten en la excavación inmediata de sitios gravemente afectados o destruidos, a diferencia de los salvamentos, que cubren amplias áreas donde se llevarán a cabo trabajos de infraestructura como presas, carreteras, líneas de transmisión eléctrica y desarrollos urbanos, principalmente. Entre los rescates arqueológicos que se han llevado a cabo se encuentran, por ejemplo, los practicados en la ciudad de Chilpancingo desde 1982 hasta la fecha, al encontrar vestigios durante la construcción de casas–habitación y donde han excavado Carlos Cedillo, Ricardo Martínez Magaña, Guadalupe Martínez Donjuán, Rosa Reyna Robles, Guadalupe Goncen, Josefina Gasca y Elizabeth Jiménez.

Como se puso de manifiesto durante la IV Mesa Redonda: El Conocimiento Antropológico e Histórico sobre Guerrero. Movimientos  Sociales: Causas y Consecuencias, realizada en la ciudad de Taxco de Alarcón del 17 al 21 de agosto de 2010, “El estado de Guerrero es clave para el conocimiento de la historia antigua de México. De acuerdo con las investigaciones realizadas en los últimos años, la entidad ha jugado un papel trascendente en el proceso de conformación de la nación mexicana.” (Nota de Leticia Sánchez inserta en la Sección Cultura del periódico MILENIO del 22 de agosto de 2010, pág. 43).

Publicaciones que compendian el quehacer arqueológico. La primera publicación donde aparecieron varios resultados de trabajos arqueológicos realizados en Guerrero fue la revista El México Antiguo, tomos V (1940–1941), VI (1943–1944) y VIII (1955) de la Sociedad Alemana Mexicanista. En ella publicaron José García Payón, Agustín García Vega, J.G. Hauswaldt, Pedro Hendrichs, Pedro Armillas y Florencia Müller. En la IV Reunión de la Sociedad Mexicana de Antropología realizada en 1946 y publicada en 1948 se presentaron varios trabajos importantes que siguen siendo imprescindibles para las investigaciones arqueológicas actuales. En esta obra escribieron Gordon F. Ekholm, Robert H. Lister, Miguel Covarrubias, Robert H. Barlow, Robert J. Weitlaner, Pedro Armillas, Henry Lehmann y Hugo Moedano.

La información que durante varios años había recopilado y analizado Robert H. Lister finalmente se publica como una interesante síntesis arqueológica en el Handbook of Middle American Indians, vol.11, de la Universidad de Texas, en 1971, titulada “Archaeological Synthesis of Guerrero”. En 1984 se logra la realización del Primer Coloquio de Arqueología y Etnohistoria del Estado de Guerrero, un importante evento académico que se publicó dos años después bajo los auspicios del INAH y del Gobierno del estado de Guerrero. En este libro se presentaron los avances de investigaciones arqueológicas que se venían haciendo desde años anteriores por parte de Rubén Cabrera, Christine Niederberger, Paul Schmidt, Clara Luz Díaz Oyarzábal, Guadalupe Martínez Donjuán, Martha Cabrera, Felipe Rodríguez, Eduardo Matos, Carlos González, Bertina Olmedo y Oscar Polaco.

La edición más reciente y más copiosa en información y en investigadores fue la que coordinó Christine Niederberger (q. e. p. d) y Rosa Reyna en 2002: El pasado arqueológico de Guerrero. En esta obra, donde convergieron los intereses del INAH, del Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos y del Gobierno del estado de Guerrero para su publicación, escribieron: Christine Niederberger, Louise I. Paradis, Rosa Reyna, Eduardo Matos, Rubén Maldonado, Dorothy Hosler, Rubén Cabrera, Rubén Manzanilla, Arturo Talavera, Juan Martín Rojas, Salvador Pulido, María Antonieta Moguel, Lauro González Quintero, Jesús I. Mora, Elizabeth Jiménez, Jay Silverstein, Guadalupe Goncen, Irmgard Weitlaner Johnson y Guadalupe Mastache.

Zonas arqueológicas abiertas al público. Como ejemplos de la arquitectura prehispánica en el estado de Guerrero existen ocho zonas arqueológicas que pueden ser visitadas por el público en general. En ellas se han practicado diversas excavaciones desde hace unos 30, 20 y 10 años por parte de varios investigadores.

Ixcateopan. Se encuentra en la cabecera municipal de Ixcateopan de Cuauhtémoc y fue excavada por Juan Yadeun en 1976, participando en años posteriores Guadalupe Martínez Donjuán, Alejandro Pastrana y José Hernández.

Su nombre, que significa “en el templo del algodón”, fue un centro ceremonial–administrativo que contenía construcciones dedicadas a ceremonias religiosas y actividades administrativas, además de ser un lugar donde se elaboraban diversos productos para el comercio como las prendas de algodón. Las construcciones correspondientes a la última época de ocupación prehispánica se ubican entre los años 1450 y 1521. Esto significa que cuando ocurrió la conquista de México–Tenochtitlan, Ixcateopan era una población importante que cumplía con sus funciones de centro recolector de tributos que dependía de Tepecoacuilco, cuyos bienes finalmente se trasladarían al centro de México. La zona arqueológica, explorada parcialmente en una extensión aproximada de una hectárea, muestra algunos de los vestigios de estructuras arquitectónicas que fueron habitadas por la clase noble, seguramente de un sector de la clase que gobernaba Ixcateopan con el apoyo del tlatoani de México–Tenochtitlan alrededor de 1521.

Xochipala. Conocida también como La Organera– Xochipala, se localiza junto al pueblo de Xochipala, en el municipio de Eduardo Neri. Los primeros trabajos de exploración se hicieron por parte de Paul Schmidt en 1975 y 1978, y posteriormente por Ana María Pelz, Guadalupe Martínez Donjuán y Rosa Reyna Robles, quien se hizo cargo de la zona desde 1990. El nombre nahua de Xochipala, que significa “la flor que pinta de rojo”, fue un asentamiento que estuvo habitado principalmente entre los años 200 y 1100 d. C. De características monumentales, fue un centro ceremonial representativo de la cultura Mezcala, del que se distinguen sus columnas de piedra, sus clavos arquitectónicos y sus figurillas denominadas estilo Xochipala. Por el momento no se puede asignar el nombre de la cultura asentada en la región; sin embargo, sus características materiales y su persistencia en el tiempo la señalan como parte de una cultura local, es decir, propia de las regiones Centro y Norte de Guerrero.

Xochipala forma parte de una amplia región cultural que se distribuye desde el sur del estado de México hasta la parte central de Guerrero, cuyos sitios presentan además la técnica lapidaria de figurillas Mezcala cuya tradición empezó desde antes de Cristo y se continuó hasta tiempos mexicas.

Teopantecuanitlán. El nombre de la zona arqueológica, que fue asignado por los lugareños, significa “en el templo de los jaguares” y se localiza en el municipio de Copalillo. A raíz de una denuncia de saqueo en 1983, se tuvo conocimiento del lugar, y desde esa fecha ha estado a cargo Guadalupe Martínez Donjuán. Otros investigadores que han trabajado en la zona o con materiales procedentes de ella han sido Zaid Lagunas, Rosa Reyna, Lorena Gámez y Alejandro Martínez Muriel. Se trata de un gran centro ceremonial compuesto por numerosas estructuras piramidales, plazas, juegos de pelota y tumbas de bóveda falsa, cuya arquitectura y cerámica corresponden a la cultura olmeca.

Su gran extensión, de más de 200 hectáreas, señala la existencia de un asentamiento de suma importancia para su época y uno de los principales centros urbanos para las regiones Centro, Norte y La Montaña durante el año 500 a. C., aproximadamente

Huamuxtitlán. Se trata de una estructura piramidal excavada por Guadalupe Martínez Donjuán entre 1979 y 1981, que data del periodo Postclásico, entre los años 1200 y 1500 d. C.

El nombre de Huamuxtitlán, que significa “junto a los guamúchiles”, seguramente era el nombre original del asentamiento prehispánico cuya arquitectura es similar a las de la cultura nahua de la Cuenca de México de tiempos mexicas.

El basamento o estructura piramidal, compuesto por cuatro cuerpos escalonados de 26 por 21.50 metros en planta y seis m alto, contenía un entierro y una ofrenda. En el entierro se encontraron los huesos de las manos, los pies y la cabeza de un personaje masculino adulto, asociado a un cuchillo de pedernal y una cuenta de jade, en tanto que la ofrenda presentó 23 cuchillos de pedernal, siete cuentas de jade, un recipiente de barro, posiblemente copal y restos óseos de animal.

Palma Sola. Se localiza en el parque El Veladero, a orillas de la mancha urbana del puerto de Acapulco, municipio de Acapulco. Es una zona de petrograbados con figuras humanas, de animales y simbólicas que Martha Cabrera registró durante el año 1982 y se atribuyen a una cultura propia de la Bahía de Acapulco. Los petrograbados, que se distribuyen en cuatro hectáreas de extensión, formaban parte de una zona arqueológica más grande que quedó bajo la actual colonia Palma Sola. Se trata de un centro ceremonial donde se llevaban a cabo rituales asociados a la fertilidad, a la lluvia, a los arroyos y a los cerros.

Los estudios enfocados a la interpretación de las representaciones, que parecen haberse elaborado entre el año 800 a. C., y 800 d. C., han estado a cargo de Martha Cabrera y de Rubén Manzanilla López, cuyos resultados más recientes saldrán a la luz próximamente.

5 de Mayo–La Sabana. Se encuentra en terrenos del Ejido La Sabana, en el puerto de Acapulco, municipio de Acapulco. A orillas de la actual colonia 5 de Mayo, se encuentra un área de petrograbados que Martha Cabrera registró en 1983. Forma parte de una zona arqueológica de más de 300 hectáreas que se designó como La Sabana, en tanto que el área de petrograbados sólo abarca una hectárea de extensión.

Entre los años 100 y 800 d. C., fue el principal centro regional del área de Acapulco y sus alrededores. La zona arqueológica estaba constituida por grandes plataformas, estructuras piramidales y distintos espacios con petrograbados, lo que le confería un carácter cívico–ceremonial y habitacional y, a semejanza de Palma Sola, formaba parte de una cultura local de la Bahía de Acapulco. La extensión y la importancia de La Sabana hizo que distintos arqueólogos visitaran el lugar, desde Pedro Armillas en la década de los años 40, hasta los más recientes, que han sido Martha Cabrera y Rubén Manzanilla, quienes se han dedicado a su estudio e interpretación junto con los de Palma Sola.

Cuetlajuchitlan. Esta zona arqueológica, que se encuentra a orillas del pueblo Paso Morelos (antes llamado Cuetlajuchitlan), en el municipio de Huitzuco, fue descubierta durante los trabajos de salvamento en el eje de trazo de la autopista del Sol. Rubén Manzanilla y Arturo Talavera, quienes estuvieron a cargo de las excavaciones desde 1991, han explorado aproximadamente unas dos hectáreas de las más de 30 hectáreas que tiene la zona arqueológica.

El nombre nahua de Cuetlajuchitlan, que significa “lugar de la flor que se marchita”, le fue atribuido por el nombre del pueblo donde se encontraron los restos arqueológicos, pues su nombre original se desconoce.

Su ocupación se remonta al año 600 a. C., aunque la arquitectura que se conserva data del año 200 a. C., al 300 d. C., y se caracteriza por el empleo a gran escala de bloques rectangulares y cilindros de cantera tallada durante su época de apogeo. Además de ser un centro ceremonial y habitacional, parece haber sido un punto de vigía, lugar de paso estratégico entre la Cuenca de México y la costa del

Los Tepolzis. Se encuentra al norte de Tixtla,  cabecera municipal del mismo nombre. Es una zona arqueológica de carácter cívico, ceremonial y habitacional que se extiende unas 15 hectáreas sobre el filo de varios cerros.

El nombre nahua con que se designó a la zona fue tomado del cerro en que se localiza. Modificado por el curso de los siglos, el nombre parece haber derivado de Tepoltzin, cuyo significado pudiera ser “el pequeño conquistador” o “el venerable conquistador”. Además de lo incierto de su significado, tampoco se tiene la certeza de que ése haya sido su nombre original.

Las exploraciones del asentamiento prehispánico iniciaron en 1988 por parte de Guadalupe Martínez Donjuán y en 1993 estuvieron a cargo de Guadalupe Goncen. La similitud arquitectónica que presenta con otros sitios de finales del periodo Clásico del Centro de Guerrero, por el año 800 d. C., indica que probablemente haya formado parte de lo que se ha designado como cultura Mezcala.

Aunque han sido numerosas las investigaciones que se han realizado en el actual territorio guerrerense es muy poco lo que se ha avanzado, dada la gran extensión del estado, su intrincada topografía y su enorme riqueza arqueológica. Quizás apenas sepamos un 10% del pasado arqueológico, desde los olmecas (alrededor del año 1000 a. C.) hasta los mexicas (por el año 1521 d. C.). Para tiempos más antiguos casi no tenemos nada.

Los vestigios arqueológicos son numerosos y de distinta naturaleza. Cubren todo el estado de Guerrero, y donde hay poblaciones actuales es casi seguro que encontremos restos materiales debajo de ellas, además de otros sitios que fueron habitados durante el transcurso de los siglos y se abandonaron para perderse en la memoria histórica de los pueblos.

A través de 100 años de estudios arqueológicos se han hecho intentos por comprender y describir las características de las distintas culturas que se distribuyeron en el actual Guerrero: olmeca, teotihuacana, mixteca, zapoteca, tolteca, mexica y tarasca, sin mencionar a otras más difíciles de definir y que son las locales, como la mezcala, la cuitlateca, la yope, la tlapaneca y las demás que se han inferido a partir de las lenguas indígenas que se registraron en el Siglo XVI.