Hoy en día, el número de niñas y niños que trabajan en el mundo sigue siendo extremadamente elevado. Si bien es cierto que resulta difícil obtener algo más que una estimación global con cierto grado de fundamentación, el cálculo estadístico referente a la magnitud del problema no es tan certero como se quisiera.

Mucho se ha dicho sobre el trabajo infantil, pero todavía asistimos un poco pasmados a su despliegue planetario. Se trata de un mal universal, que parece ser siempre capaz de reproducirse, para retar una y otra vez a los Estados modernos.

El trabajo infantil como fenómeno histórico-social, cultural y político, no tiene carta de naturalización, no conoce fronteras, y ha encontrado en la globalización un aliado potencial para extenderse por todo el mundo. Prueba fehaciente de que el trabajo infantil constituye un problema de escala mundial, son los esfuerzos que se realizan a nivel internacional para combatirlo con herramientas y acciones de diversa índole.

El trabajo infantil es un asunto de atención prioritaria en la agenda de los gobiernos alrededor del mundo, porque su impacto y daño a la niñez y a la sociedad en general se traducen en altos costos. Una de las consecuencias más nocivas del trabajo infantil se manifiesta en la dificultad que enfrentan para asistir a la escuela las niñas y niños que trabajan; y cuando esto sucede, para lograr un aprendizaje adecuado.