Festival Internacional La Nao de China

Entre el caudal de necesidades de Acapulco la cultura ocupa un lugar preponderante, pero suele ser desplazada de las prioridades de la gente y de los gobiernos por ser poco lucrativa. Sin embargo, se sabe muy bien que al final de cuentas la cultura resulta más valiosa que los bienes prácticos y perecederos. Asuntos como el reconocimiento, la comprensión y la discusión de nuestra historia e identidad, beneficios que brinda la cultura, son semilleros de reflexión que a la larga forman mejores generaciones de acapulqueños.

Para responder a la pregunta de quiénes somos o de dónde venimos los acapulqueños, hay que recurrir a la historia y recordar el acontecimiento, ocurrido hace 450 años, que colocó a Acapulco como engranaje comercial, cultural y económico entre Oriente y Occidente: el descubrimiento, realizado por Andrés de Urdaneta, de las corrientes que permitieron realizar el tornaviaje entre Manila y Acapulco, ruta que permitió un nutrido intercambio cultural que explica y construye mucho de lo que nos fundamenta como mexicanos.

Siendo quizá el suceso más importante de nuestra historia es poco admisible que tal acontecimiento no esté en la conciencia y en la sensibilidad de los acapulqueños, en sus costumbres y festejos. El primer alcalde en tomar iniciativa al respecto fue el almirante Alfonso Argudín Alcaraz, cuando a principios de la década de los ochenta realizó una feria de la Nao con el propósito de conmemorar este hito de nuestra historia; sólo que aquella primera feria fue concebida con la intención de representar el centro de comercio, la verbena popular, el carnaval en que se transformaba Acapulco cuando llegaba el Galeón de Manila, atrayendo gente de todas latitudes.

La intención del Festival es dar una muestra del trabajo de artistas internacionales, nacionales y locales, conferencias de estudiosos de la historia, ciclos de cine, conciertos y exposiciones. La importancia de este festival, único en su tipo en el mundo, radica en sus intenciones de promover la cohesión en el tejido social, comenzando por el lazo primario que es la familia acapulqueña.

 

La Enciclopedia de México, tomo 6, dice que un galeón es, generalmente, un “bajel grande de vela, de tres o cuatro palos, de guerra, o artillado cuando era mercante; en particular (se llamaba así) a cada uno de los barcos que formaban la Armada de la Carrera de Indias, que salía de Cádiz, la cual navegó por primera vez en 1521, cuando la piratería francesa llegó a constituir un serio peligro para el comercio español”.

Galeón del Pacífico, galeón de Acapulco, Nao de China o galeón de Manila fueron los nombres dados coloquialmente a los barcos que surcaron la ruta transpacífica Acapulco–Manila durante 250 años. Eran construidos en los astilleros de Cavite (ciudad de Filipinas, al SO de la isla Luzón) o en la bahía de Manila, a partir de una estructura muy compleja; las maderas utilizadas –“duras y resistentes”– provenían de las propias islas.

En la construcción participaban trabajadores que ejercían diversos oficios: herreros, carpinteros, ensambladores, expertos navales, etc., quienes buscaban, más que movilidad, fortaleza en las naves; tan duros eran los barcos que parecían “fuertes castillos en el mar”.

“Pesaban mucho la cofa, el castillo de popa, la toldilla de proa o la manga que requerían refuerzos a fin de mitigar el balanceo y los mares encrespados… Los mástiles se traían de lejos y eran objetos de maniobras especiales. En lo posible se eliminaban los cañones… Todo el aparejo, escalas, cuerdas y velas se hacían con el buen cáñamo” que se producía en el archipiélago.

Las naves surcaban el océano durante meses continuos; el uso era exhaustivo y el mantenimiento gravoso y prolongado. El costo de una embarcación podía ir de $8000.00 a $100 000.00 o $191 000.00, según su tamaño y características, así como el año y siglo en que se construían. Para un galeón de 500 toneladas se necesitaba una tripulación de 150 marinos con un salario de $350.00 anuales.

 

El Tornaviaje

En 1565, el fraile Andrés de Urdaneta, al frente del galeón San Pedro, hizo posible esta ruta comercial al encontrar la derrota del viaje de regreso desde Manila, en las islas Filipinas, hasta Acapulco, en la costa sur–occidental del virreinato de la Nueva España. La clave en este viaje –llamado “tornaviaje”– fue navegar desde Manila con rumbo noreste hasta los 42 grados de latitud norte, frente a Japón, y desde allí virar al este, para aprovechar la corriente marina del Japón o Kuro Shivo (o corriente negra) y los vientos monzones del verano, y llegar a las costas de América del Norte, a la altura del cabo Mendocino.

De allí, Urdaneta viró rumbo sur–sureste y arribó a Acapulco impulsado por la corriente de California, después de recorrer tres mil leguas marinas en seis meses. Aquí cabe destacar un hecho poco conocido de este episodio. Pese a que la historia le da el crédito a Urdaneta por haber realizado el primer “tornaviaje”, en realidad fue Alonso de Arellano, comandando un pequeño navío llamado San Lucas, quien llegó al puerto de San Blas –en el actual estado mexicano de Nayarit– procedente de las islas Filipinas, unos meses antes que el fraile agustino, en ese mismo año de 1565.

Lo cierto es que los viajes de ambos barcos, guiados, respectivamente, por el esforzado agustino y el capitán novohispano, hicieron posible un circuito comercial que incrementó la fortuna de muchos almaceneros de la Nueva España, Guatemala y Perú, y nutrió el acervo cultural tanto de la Nueva España, como de las islas Filipinas.

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