La Migración, un derecho humano

LA MIGRACIÓN UN DERECHO HUMANO. 

DOCUMENTO CENTRAL DE TRABAJO DE LA SECRETARÍA DE LOS MIGRANTES Y ASUNTOS INTERNACIONALES DEL GOBIERNO DEL ESTADO DE GUERRERO.

En primer lugar, nos propusimos uniformar en un solo concepto de migrantes, a la gran cantidad de categorías existentes, tales como inmigrantes, emigrantes, transmigrantes, migrantes ecológicos, etc, así como evitar usar términos como ilegales, irregulares o clandestinos, para usar el concepto de trabajadores migratorios indocumentados, plasmado en la Convención Internacional de Protección a los Trabajadores Migratorios y sus Familias, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en l990, y ratificado por México en el año del 2000.

Estamos obligados a darle un enfoque humanista al fenómeno migratorio, por lo que la denominación “La Migración, un Derecho Humano”, fue adoptada por nuestra Secretaría de los Migrantes y Asuntos Internacionales desde su creación.

Las migraciones han sido constantes desde tiempos antiguos, pero las que se desarrollan a principios del siglo XXI no tienen precedentes. Las migraciones internacionales se han mundializado, aunque en un planeta crecientemente globalizado, la movilidad de las personas se ha visto severamente restringida.

En la primera década del siglo XXI hay casi 210 millones de personas que viven fuera de su país de origen, según las Naciones Unidas. Entre 1750 y 1950, unos 70 millones de personas abandonaron Europa en busca de una vida mejor.

Ahora las fuentes de la migración internacional son Asia, América Latina y África, que prefiguran otro mapa migratorio. África es un continente de migrantes, hecho que aún no ha sido aceptado por Europa. América Latina y el Caribe, con el 13 por ciento de los migrantes, es la primera región receptora de remesas. En el golfo pérsico, más de la mitad de la población activa es extranjera. En Asia, la migración se ha potenciado con los cambios en China.

Las causas de la globalización migratoria son diversas, desde la miseria y la necesidad de mano de obra hasta la mundialización del transporte y de la información, que han disminuido el tiempo y el espacio. Si los  trabajadores migrantes fueran a la huelga todos juntos, en todo el mundo, las economías de los países ricos se verían descalabradas y los países con más migrantes, privados de los envíos de remesas, se arriesgarían al colapso.

La migración produce efectos económicos benéficos tanto al país emisor, como al país receptor, pero en las sociedades democráticas se plantea otro reto: cómo integrar a los migrantes como ciudadanos con  plenos derechos. “Queríamos mano de obra y llegaron personas”, escribió Max Frisch. Y las respuestas de las sociedades occidentales son distintas. Estados Unidos, que es un país de migrantes, se siente inseguro y poco receptivo por la cantidad de recién llegados.  Una de las lecciones del modelo multicultural canadiense es que resulta esencial una política basada en los derechos humanos, la igualdad y el reconocimiento cultural.

En la Unión Europea, la migración es una de las fuentes de la diversificación de su diversidad, ya que introduce otras religiones y  culturas, en un continente donde las fronteras internas han dejado de ser estrictamente fronteras, y donde las políticas de ciudadanía pueden derivar en contenciosos entre los estados miembros.

En Europa, donde los procesos de exclusión social del inmigrante forman parte de la crisis de la nación y del Estado de bienestar, se vive la migración de manera esquizofrénica, entre la oportunidad y la inseguridad, hasta el punto de que el ascenso de la nueva derecha populista puede poner en peligro el proyecto de integración.

LAS MIGRACIONES INTERNACIONALES EN UN MUNDO GLOBALIZADO

Las migraciones humanas son muy antiguas, y recordarlo es sin duda saludable. Pero es necesario añadir que en cada época de la historia han sido diferentes: en las causas que las motivan, en las principales modalidades que revisten, en las consecuencias que entrañan, en el significado que se les atribuye, en las emociones que suscitan y en las narraciones colectivas a que dan lugar.

Las migraciones que cruzan fronteras seguramente nunca se han situado en lugar tan destacado de la atención pública como a finales del siglo XX y en la primera década del XXI, y nunca han sido objeto de tan alta prioridad como la que recibe en las agendas de gobiernos y partidos políticos, así organismos internacionales, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación. En muchos países, el tema migratorio se ha politizado fuertemente, y se ha convertido en un factor de confrontación partidaria y electoral.

La extraordinaria relevancia y las profundas implicaciones que se atribuyen en nuestros días a las migraciones internacionales derivan de las características que presentan y del contexto histórico en el que se producen, al grado tal que nos permiten hablar de una nueva era en la historia de las migraciones internacionales.

El actual orden migratorio internacional da lugar a importantes desequilibrios y conflictos: entre el volumen de migración que necesitarían los países menos desarrollados y el que están dispuestos a admitir los más desarrollados; entre el número de migrantes que éstos últimos necesitan y el que efectivamente admiten; entre la migración que los países receptores desearían recibir y la que de hecho reciben.

La migración crece, pero muy restringida

La extraordinaria importancia que se atribuye a las migraciones internacionales en nuestros días no debe buscarse solamente en la magnitud de los flujos. Cuantificar las migraciones, es siempre tarea difícil, tanto por las limitaciones estadísticas como por la complejidad conceptual del fenómeno y lo borroso de sus contornos.  La oficina de Población de las Naciones Unidas se ha atrevido a calcular el número de los migrantes internacionales para el conjunto del planeta, entendiendo por tales las personas que viven en un país diferente del suyo, para el año 2011 a casi 210 millones de personas.

Tal cifra resultaría exigua, para un mundo poblado por cerca de 7 000 millones de seres y caracterizado tanto por exorbitantes, e incluso crecientes, desigualdades sociales y económicas, como por la proliferación de ominosas situaciones de opresión y grave inseguridad. De aproximarse a la realidad, esa estimación implicaría que sólo uno de cada cuarenta habitantes del mundo menos desarrollado vive en un país diferente del suyo y tiene la condición de migrante internacional.

Este dato contradice a la principal teoría explicativa de las migraciones, la económica emanada del paradigma neoclásico. Para empezar, para que se produzcan migraciones internacionales no basta con que existan profundas desigualdades entre países. Para migrar a otro país no basta con tener motivos o con querer hacerlo: hace falta también poder hacerlo. La primera explicación de la limitada movilidad actual, reside en la infinidad de barreras erigidas por las políticas migratorias de los países receptores, que restringen el acceso de migrantes y reducen la libre circulación de personas.

Es cierto, que el volumen de los flujos migratorios internacionales se ha incrementado en los últimos decenios, pero también transcurre en forma mucho más limitada de lo que se piensa. La cifra de 210 millones de migrantes internacionales, duplica con creces a la calculada (82 millones) para 1970. Sin embargo, esa diferencia tiene que ver por el aumento del número de países surgidos en el mismo lapso de tiempo.

Por poner un solo ejemplo, la desintegración de la Unión Soviética ha contribuido poderosamente a ese aumento, por el simple hecho de convertir a millones de ciudadanos que no se han movido de sus hogares en migrantes internacionales, dado que el criterio utilizado  es el de vivir en un país distinto del propio. En todo caso, ese incremento ha sido muy inferior al del crecimiento experimentado por la población mundial en el mismo período, por lo que en términos relativos la magnitud de los flujos ha tendido3más a reducirse que a aumentar.

Visto en una perspectiva histórica, el volumen de los flujos migratorios internacionales a comienzos del siglo XXI es claramente inferior, al que existía, hace un siglo.

El principal país receptor, Estados Unidos, recibió en el año 1907 la impresionante cifra de un millón 700 mil nuevos inmigrantes, una cifra nunca superada en la actualidad.  Ahora, con una población seis veces mayor que entonces, es raro el año en el que supera el millón de nuevos migrantes. Por otra parte, el número de países receptores es hoy mucho mayor que entonces, pero ninguno muestra la capacidad de acogida que caracterizaba en el pasado a la Argentina, Brasil, Canadá o Australia, o a otros de menor tamaño.

Una nueva gráfica migratoria internacional

La movilidad internacional de personas tiende a aumentar en los últimos decenios, aunque sea en términos absolutos y no relativos. Es posible afirmar que las migraciones internacionales se han mundializado. Ello se manifiesta en el elevado y creciente número de países  implicados en las migraciones internacionales y en la multiplicación de rutas migratorias.

Hace cien años, el grueso de los migrantes internacionales, nueve de cada diez, arribaban a cinco grandes países: Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá y Australia. Ahora, habría que sumar los recibidos por más de cuarenta países.

Ello significa que la nómina de países receptores de migrantes se ha multiplicado. La mayor parte de ellos se agrupan en cuatro grandes ejes migratorios internacionales – América del Norte, Europa occidental, la región del Golfo Pérsico y la cuenca del Asia-Pacífico. Hay que añadir algunos países que no forman parte de estos ejes migratorios internacionales, como Israel, Libia, Costa Rica o Sudáfrica.

Las principales fuentes de la migración internacional ya no están en Europa, sino en Asia, América Latina y África. Hace un siglo, nueve de cada diez migrantes internacionales eran europeos. En nuestros días, el número de países que nutren sistemática y significativamente los flujos migratorios internacionales supera el centenar. A los más antiguos se suman  nuevos, como Ucrania, Bolivia o Nepal.

México, y muchos otros más, son receptores, expulsores y países de tránsito, una triple categoría en fuerte expansión que es en sí misma reflejo de los obstáculos que se oponen a la libre circulación. El incremento de países, de origen, destino y tránsito, al mapa mundial de las migraciones internacionales se completa con una fuerte tendencia a la diversificación de rutas y conexiones origen-destino.

Si el mapa migratorio en el pasado, podía fácilmente dibujarse con unas pocas flechas de gran grosor que partían del Viejo Continente hacia el Nuevo Mundo, el actual, aparece cruzado por infinidad de líneas más delgadas que conectan con cualquier punto del globo. Algunas de estas conexiones origen-destino hubieran resultado enteramente impensables hace poco tiempo.

La internacionalización de las migraciones

Los cambios en el mapamundi de las migraciones ha supuesto la mundialización de las mismas. Y ningún otro cambio ha sido tan influyente como éste en la configuración de un nuevo orden migratorio internacional en el curso de las últimas décadas. Las migraciones internacionales se han mundializado, en un doble sentido, ya que la mayoría de los países del planeta participan en ellas y de que las gentes van de una parte a otra.

A diferencia del pasado, el vigente es un sistema global y multipolar. De hecho, el rasgo más destacado de las migraciones internacionales en nuestros días es su carácter mundial, y de él derivan múltiples implicaciones.

Partimos de la tesis, de que la globalización  no se ha concretado en la esfera de la libertad de circulación de las personas. Algunas de sus principales modalidades están severamente restringidas, en especial las migraciones laborales y las que conducen al establecimiento indefinido, precisamente las que eran preeminentes en el período anterior.

En nuestros días, la libertad de circulación es la excepción. La regulación y la restricción de la libertad de tránsito es la norma. La supresión de barreras y la liberalización de flujos que son consustanciales a la globalización no se han extendido a las migraciones internacionales.

Se trata de una globalización erizada de fronteras y de barreras, una mundialización que se ha producido a pesar de éstas y no gracias a su eliminación. Si el orden migratorio anterior,  el que tuvo como principal manifestación a las grandes migraciones transoceánicas, se desenvolvió en gran medida en un contexto de libre circulación, el actual transcurre en un mecanismo  maniatado por la restricción y el control.

Esta mundialización migratoria tiene que ver con otras facetas de la globalización, en especial la de los transportes, que ha disminuido la distancia y el tiempo, y la de las comunicaciones y la información, que han creado algo parecido a una perspectiva mundial que hace posible que cualquier país pueda constituir destino potencial para los migrantes y que éstos tiendan a moverse, con éxito variable, por el mundo entero.

Más oferta que demanda

La primera implicación de la globalización migratoria es la aparición de un gran desequilibrio entre oferta y demanda de migrantes, por decirlo en términos económicos.

En el pasado, la capacidad de acogida de los países receptores era capaz de absorber a todos los que lo intentaban, aunque pasaran penalidades, a los migrantes no les faltaba lugar a dónde ir. Muchos de ellos, de hecho, fueron reclutados.

Ahora los candidatos a migrantes, efectivos o potenciales, superan con mucho el número que los receptores están dispuestos a admitir. Ese número se ha multiplicado, tanto por el aumento del número de países de origen como por el fenomenal crecimiento demográfico que ha tenido lugar en el último medio siglo en Asia, África y América Latina. Tomando prestado un término popularizado hace cincuenta años por el Premio Nóbel de Economía  Arthur Lewis, podemos decir que la oferta de trabajo foráneo ha devenido ilimitada.

En el otro lado de la ecuación, la demanda de migrantes ha dejado de ser ilimitada, como prácticamente lo fue durante la era de las grandes migraciones transoceánicas. No cabe duda de que todas las economías desarrolladas o de alto nivel de ingreso demandan trabajadores migrantes, de iure o de facto. Pero la demanda de migrantes, entendida como lo que los economistas denominan demanda solvente – en este caso el número de migrantes que los países receptores están dispuestos a aceptar -, se ha reducido drásticamente  en el conjunto de los países receptores.

En parte ello ha resultado de la disminución relativa de la demanda de trabajo en general, tanto por procesos de mecanización e intensificación del capital y la tecnología como por una nueva división internacional del trabajo que ha relegado las operaciones más intensivas en trabajo a países con niveles salariales más bajos.

Sin duda hay demanda de trabajo de los migrantes, pero en general se sitúa en sectores donde la tasa de ganancia depende de bajos salarios,  como ejemplifican diversos tipos de servicios y actividades agrícolas. Y por ello es limitada en volumen.

La disminución también resulta de las fuertes y crecientes reservas que muchas sociedades receptoras muestran hacia el aumento del volumen de la población migrante en su seno. No pocos países receptores se muestran reticentes a admitir a los trabajadores foráneos que necesitan, por el temor a que menoscaben la homogeneidad cultural, o bien se les liga a la violencia ciudadana.

En tiempos no lejanos, en la literatura especializada se acuñó la expresión wanted but not welcome, “queridos pero no bienvenidos”, para definir los sentimientos de algunas sociedades receptoras hacia los migrantes. Hoy cabría sustituir el primero de los adjetivos, wanted, por needed: “requeridos pero no bienvenidos”

La variable de la etnicidad

No resulta aventurado atribuir una parte importante de esas reticencias a otra de las grandes implicaciones de la globalización migratoria: la heterogeneidad que caracteriza la composición de los flujos migratorios y su impacto sobre la etnicidad de las sociedades receptoras.

Hay que tener en cuenta que casi seis de cada diez migrantes internacionales residen en países desarrollados de alto nivel de renta. Por supuesto, esa proporción, muy variable entre unos y otros países, se eleva considerablemente si a los migrantes que tienen la condición de extranjeros se añaden los que han adquirido la nacionalidad del país receptor y sus descendientes directos.

La mundialización de los flujos, con la consiguiente diversificación de orígenes, entraña una creciente heterogeneidad étnica en las sociedades receptoras. Ello está conduciendo, en un corto espacio de tiempo, a su conversión en sociedades multilingües, multiculturales y pluriétnicas, una transformación histórica de profundidad sin precedentes y vastas implicaciones.

El paisaje social de Londres, París, Ámsterdam o Berlín, y no digamos el de New York, Sydney o Toronto, es radicalmente diferente del que existía tan sólo hace cincuenta años. Cuatro de cada diez residentes en Toronto ha nacido en países distintos de Canadá; y esta proporción sube a tres de cada cuatro si a ellos se añaden los nacidos en Canadá de un progenitor venido de fuera.

En la misma vertiente, en una de las campañas electorales británicas,  el entonces Ministro del Exterior, Robin Cook se vanagloriaba, de que en Londres, cuando las familias se reúnen en torno a la cena, se hablan más de trescientos idiomas.

De Estados Unidos se ha podido decir que, por primera vez en la historia, un país tiene una población compuesta por todas las razas del mundo, todas las religiones y todas las lenguas. Trágico reflejo de ello, es el hecho de que en los atentados del 11 de Septiembre, en el World Trade Center perdieran la vida ciudadanos de 78 países, muchos de ellos mexicanos.

 El malestar de la multiculturalidad

En todos los países, con transformaciones culturales profundas, se vive  con sentimientos encontrados.  Muchos ciudadanos ven excesiva la proporción de migrantes, y expresan temores hacia la pérdida de cohesión social, cuando no abierto rechazo a la sociedad multicultural.

Incluso en las tradicionales sociedades receptoras de migrantes de Norteamérica o Australia y Asia, quizás con la excepción de Canadá, en los últimos años pueden estar cambiando significativamente, como nunca lo hicieron antes, las actitudes populares tradicionalmente comprensivas hacia los migrantes.

En el caso de Estados Unidos, sobre todo en este año electoral de 2012, el país  migrante por antonomasia, cada vez se manifiestan más temores a la supuesta no integrabilidad de los nuevos inmigrantes, se oyen voces que lamentan la pérdida de calidad de la migración, y florecen movimientos “nativistas” y propuestas de “English only”, intentando encontrar en una lengua única -que nunca ha tenido carácter oficial-, el elemento de cohesión social que conjure los temores a una diversidad supuestamente inmanejable.

Aún así, las reservas hacia la migración son menores en los viejos países receptores de Norteamérica o Australia y Asia, seguramente porque la llevan en los genes. Por el contrario, la conversión en sociedades multiculturales se está revelando mucho más difícil en sociedades que reúnen la doble condición de países de migraciones recientes y naciones viejas, formadas hace siglos.

Ello es en primer lugar cierto en Europa, donde un largo pasado migratorio y una tradición de concepciones exclusivistas de la nacionalidad han dejado poderosos sustratos culturales que generan recelos hacia la plena incorporación de los migrantes a la sociedad.

En síntesis, puede afirmarse que la actitud  hacia la migración ha cambiado significativamente. Si bien nunca le han faltado enemigos, en el pasado tendía a prevalecer una valoración positiva de la misma. Para confirmarlo basta examinar la mitología dominante en el imaginario colectivo de las clásicas sociedades de migrantes.

Por el contrario, hoy en día la migración es vista ante todo como un problema, que hay que mitigar o contener, cuando no combatir; como un problema y como un motivo de preocupación.

En algunos países los migrantes se desean en cierto volumen, pero como necesidad temporal y localizada, no para su asentamiento indefinido. Si a los extendidos recelos hacia la incorporación de importantes volúmenes de población foránea se une a la antes aludida desproporción cuantitativa, que por sí misma haría imposible admitir a todos los candidatos, no será difícil comprender la proliferación contemporánea de políticas restrictivas de la admisión de migrantes y de control de flujos.

La relativa apertura de la admisión legal, la intentan compatibilizar con grados considerables, de dureza en las políticas de control, como lo constata el muro que se construye en la frontera México-Estados Unidos y algunas campañas disuasorias de la migración indocumentada, llevadas a cabo por el gobierno de los EU en México y Centroamérica que utilizan  imponentes figuras de la fauna de ese país como las serpientes y arañas venenosas.  

Águila o Sol de las políticas restrictivas

No cabe duda de que las restricciones a la libre movilidad no son nuevas. Pero en nuestros días se han generalizado y endurecido, hasta el punto de no quedar ningún país receptor que no trate de controlar y limitar la admisión de migrantes. A ello ha contribuido decisivamente la transformación de países receptores, ahora con fuertes reticencias a la admisión de nuevos migrantes y a su plena y permanente incorporación a la sociedad y a la nación.

La eficacia de las políticas de control de flujos es por lo general limitada, y muy diversa según los países. A pesar de que su eficacia sea sólo relativa, no cabe duda de que la generalización de las políticas restrictivas reduce considerablemente la movilidad internacional de las personas, tanto para frustrar numerosos intentos así como, para ejercer un poderoso efecto disuasorio sobre infinidad de candidatos potenciales a la  migración.

No obstante, todas las fronteras son porosas, en mayor o menor medida. El grado depende de un cierto número de variables, que varían de país a país. Entre ellas destacan en primer lugar las condicionantes geográficas, que determinan que el control sea más fácil en Canadá que en Estados Unidos, o en Irlanda que en Italia.

Pero también cuentan temas como la extensión de la economía sumergida y del empleo informal. Aunque siempre en estos temas, la generalización es difícil, se puede concluir que las políticas de control funcionan bien allí donde menos dificultades encuentran y mal donde se enfrentan a mayores dificultades.

En todo caso, en ningún lugar son plenamente eficaces. Si su objetivo y razón de ser es evitar la migración indocumentada, no cabe duda de que  ningún país lo consigue. En todos existe algún número de migrantes indocumentados, aunque la proporción que supongan del total sea muy variable de país a país.

Es especialmente elevada en Estados Unidos y el sur de Europa, y reducida en Canadá y los países nórdicos. Pero en todos los países, los migrantes indocumentados se cuentan por decenas de miles, si no por centenares de miles o millones.

Además, las políticas de control generan considerables y crecientes costos, tanto logísticos como de personal. Y, sobre todo, producen importantes consecuencias no deseadas. En primer lugar, los intentos de esquivar las barreras dan lugar a innumerables tragedias humanas.

Una segunda consecuencia no querida ha sido el desarrollo de una poderosa industria de la migración clandestina de personas, -de coyotes en el lenguaje mexicano-, generadora de beneficios astronómicos, sólo inferiores a los que depara el narcotráfico o el tráfico de armas.

Una tercera es la saturación de solicitudes para la demanda de asilo. Otra más, de naturaleza perversa, es su contribución a la fijación de los migrantes en el territorio donde residen, reduciendo la circularidad de la gente: cuanto más grande sea la dificultad para migrar, mayor será la posibilidad de que el migrante indocumentado que ha logrado entrar, tienda a quedarse y no arriesgarse a salir y  no poder regresar.

Finalmente, la elevada prioridad otorgada por los gobiernos a las políticas restrictivas, ha incrementado considerablemente la significación de la migración indocumentada, que en el pasado era tratada con indiferencia. Para los estados democráticos, la migración indocumentada entraña fuertes dilemas y contradicciones.

Nuevos tipos de flujos migratorios.

En la era de la libre circulación ampliamente entendida, en que la inmensa mayoría de los migrantes eran admitidos sin necesidad de pasaportes y visados, no se precisaba aducir una razón para migrar. Por ello, todos podían ser vistos como trabajadores y frecuentemente como pobladores.

En el pasado, aunque muchos migrantes retornaban a sus países, las migraciones eran generalmente de larga duración o permanentes, y daban lugar a la plena incorporación al país receptor, e incluso se podían convertir en ciudadanos. En todo caso, los países receptores aceptaban que los inmigrantes llegaban para quedarse.

Ahora con la vigencia de políticas restrictivas, se ha dado paso a una amplia tipología de migrantes, ya que para poder entrar legalmente al país de destino es necesario estar comprendido en alguna de las políticas de admisión. Las principales suelen agruparse en tres grandes categorías – económica, familiar y humanitaria –, a las que hay que añadir una cuarta de hecho, la indocumentada.

La primera, conocida como también como laboral, sigue siendo muy importante. Pero, a excepción de lo que ocurre en los países con regímenes políticos autocráticos, que no reconocen derechos, las migraciones laborales  y las migraciones permanentes han perdido la indiscutible preeminencia que tenían en el pasado, ya que casi todos los países manifiestan una clara preferencia, más o menos reconocida, por mecanismos de migración temporal.

En los países democráticos, las migraciones laborales comparten esa preeminencia con las que derivan de la posesión de derechos, principalmente la reagrupación familiar y el asilo. Ello es particularmente cierto en países como Canadá, Australia, y más recientemente el Reino Unido e Irlanda. En Estados Unidos tienden a aumentar las visas para la migración económica, aunque la vía más importante es la familiar.

Algunos países del sur de Europa, principalmente Italia y España, mantienen cupos anuales para la admisión de trabajadores, aunque por esta vía sólo ingresan una parte reducida del número de los que efectivamente lo hacen cada año. Numerosos países europeos restringen fuertemente la migración económica, por lo que la mayoría de los migrantes que consiguen entrar lo hacen en virtud de los títulos habilitantes que se derivan del derecho a vivir en familia o al derecho de asilo. Esto contribuye a que la migración que reciben, sea percibida por amplios sectores de la sociedad como no deseada.

Hay  otros tipos de flujos. Entre ello se encuentran los jubilados (Más de un millón de estadounidenses en México) y los estudiantes. Por otra parte, los cambios en la estructura económica de los países desarrollados, determinan una estructura dual de la demanda de trabajo foránea: se dirige por un lado a niveles de calificación elevados, desde técnicos e ingenieros en informática y de las industrias de la comunicación, a médicos y enfermeras;  y por otro lado, a segmentos de baja calificación, para desarrollar empleos que desdeñan los nativos. Muchos de estos puestos son desempeñados por mujeres, lo que contribuye a la feminización de la migración, junto a cambios culturales por el lado de la oferta.

Crecientes dificultades para la integración

El hecho de que la mayoría de los países receptores de migración muestren fuertes reticencias hacia la migración – reticencias que pueden sintetizarse en la mencionada expresión wanted but not welcome, “deseados pero no bienvenidos” – pavimenta decididamente en contra de la integración o plena incorporación de los migrantes en las sociedades receptoras. Algunos países hacen todo lo posible, generalmente con éxito, para impedirlo; otras, de naturaleza democrática y por ello reconocedoras de obligaciones morales y políticas, parecen inclinadas a restringir el número de admitidos susceptibles de alcanzar la ciudadanía.

Otra característica, de la nueva era de las migraciones internacionales y el contexto histórico en el que se producen, es la creciente dificultad para la plena incorporación de los migrantes y las minorías étnicas a las sociedades receptoras.  A riesgo de incurrir en generalización, puede afirmarse que en el pasado, la integración aparecía como el resultado natural de la migración, que ello se aceptaba por la sociedad receptora y terminaba produciéndose, en moldes asimilacionistas que nadie discutía.

Los migrantes se americanizaban en un par de generaciones, y, de ese modo, la etnicidad quedaba restringida a fenómenos ligados al folklore, en una suerte de “crepúsculo de la etnicidad”.  Este fenómeno se producía espontáneamente, por la acción ordinaria de la sociedad civil y del mercado de trabajo, sin  intervención de los poderes públicos. Hoy asistimos a una crisis de la integración. En nuestros días, la integración no es el producto, esperado y visto como normal, de la migración.

En la mayoría de los países la ecuación migración-integración se ha roto. No es arriesgado sostener que existen poderosos obstáculos que se oponen a la integración, tanto que el poder público se siente obligado a promoverla mediante una amplia gama de políticas públicas.

Las luces constituidas por experiencias felices coexisten con extensas sombras de segregación, discriminación, exclusión social y xenofobia. A la extensión y persistencia del lado oscuro, contribuyen las adversas condiciones en las que se desenvuelven hoy en día los procesos de integración.

Entre ellas se cuentan, entre otras, el menor ritmo de crecimiento económico; la peor calidad  de buena parte de los empleos ocupados por los migrantes; las escasas oportunidades de movilidad social; las fuertes reticencias de algunas sociedades receptoras, entre ellas las europeas, a la plena incorporación de los migrantes a la sociedad y a la esfera de la política; y el clima social adverso creado por la fuerte prioridad otorgada a las política y de control y a la lucha contra la migración indocumentada.

 Una primera conclusión

Las migraciones internacionales presentan a comienzos del siglo XXI, rasgos muy diferentes de los de cualquier período anterior, tanto que puede hablarse de una nueva era en la historia de la movilidad humana. Su actual fisonomía ha ido tomando forma desde finales del siglo XX. Tales rasgos contribuyen decisivamente a explicar la relevancia contemporánea que revisten, las intensas emociones que despiertan y la prioridad que reciben en las agendas de gobiernos, partidos políticos y organismos internacionales.

El contexto internacional contemporáneo no resulta muy propicio para las migraciones internacionales, no obstante su tendencia a aumentar en volumen. En un mundo crecientemente globalizado, la movilidad de las personas está severamente restringida. En las mayores regiones del orbe, la falta de empleo y de oportunidades de vida para grandes segmentos de la población, junto con la proliferación de conflictos y situaciones de crisis, generan exorbitantes necesidades de emigrar.

Sin embargo, para la mayoría de los candidatos a la migración, con las actuales barreras que la impiden o dificultan, esas posibilidades están gravemente cercenadas. La mayor parte de los que pueden superarlas lo hacen corriendo riesgos y daños a su integridad personal. Los que si pueden migrar son en muchas ocasiones los que en sus países más necesitarían que permanecieran.

Al otro lado de la relación migratoria, los países desarrollados y de alto nivel de ingresos,  necesitan migrantes, por razones demográficas y laborales. Pero en muchos de ellos la lógica económica y demográfica cede ante la lógica política que emana de la existencia de fuertes rechazos a la migración y a la sociedad multicultural. En consecuencia, el fuerte potencial de complementariedad inherente a la desigual distribución internacional de las personas y los recursos, apenas se materializa.

La migración por regiones del mundo.

La actual agenda de la Unión Europea recicla todo ese antiguo bagaje que los analistas serios desacreditaron hace años como las “causas básicas de la migración”, mientras hace gala de una hermosa retórica acerca de la erradicación de la pobreza y el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

 El caso de Estador Unidos

Estados Unidos es un clásico país de migrantes, que en los últimos tiempos, se siente inseguro por la cantidad de recién llegados y por su integración. A los estadounidenses se les recuerda a menudo que, salvo la población india original, ellos a sus antepasados abandonaron otro país para empezar de nuevo en la “tierra de las oportunidades”, con lo que se refuerza la idea de que la migración permite a los individuos mejorar sus condiciones de vida al tiempo que fortalece el país.

 La migración también provoca cambios

Provoca numerosos cambios y les plantea preguntas fundamentales a los estadounidenses: ¿Quiénes somos? ¿Qué clase de sociedad hemos construido y quién debe ser acogido en ella? ¿Qué debemos hacer para alentar la integración de los recién llegados? ¿Cómo debemos tratar a aquellos que llegan sin que se les haya invitado?

El debate sobre la política estadounidense migratoria, se enmarca cada vez más entre los extremos del “no a la migración” y por otra parte de “no a las fronteras”. La Federación para la Reforma Inmigratoria Estadounidense (FAIR), por ejemplo, denuncia que la migración a gran escala contribuye al crecimiento desorbitante de la población y a la degradación del medio ambiente, desplaza la mano de obra estadounidense no calificada y reduce sus salarios, y amenaza los vínculos culturales que unen a los estadounidenses.

En consecuencia, la FAIR pide una drástica reducción de los migrantes a los que se les otorga visas –de un millón de personas a unas 150.000 anuales- y argumenta que “disminuir la migración” tendría el beneficio añadido de permitir que se adaptaran mejor entre sí, los recién llegados y los estadounidenses.

En el otro extremo, el periódico financiero más importante de EU, “The Wall Street Journal”, ha abogado en repetidas ocasiones por una enmienda constitucional de cinco palabras: “Las fronteras se mantendrán abiertas”. La principal justificación para que no existan fronteras es económica: si hay más personas quiere decir que hay más trabajadores y consumidores y también una economía en expansión; y “The Wall Stree Journal” cree que tales beneficios compensan cualquier costo de la migración a gran escala.

Otros defensores de una mayor migración  argumentan que los recién llegados inyectan “sangre fresca” a la economía estadounidense, mientras que grupos como la Organización de Chinos Estadounidenses (OCA) o el Grupo de Presión Irlandés por la Reforma Inmigratoria (ILIR) quieren más migrantes, pero sólo desde determinados países o regiones.

Cifras y más cifras.

Entre 1990 y 2005 se admitieron en Estados Unidos, 14 millones de migrantes documentados, lo que representa un millón de migrantes anuales. El número de este tipo de migrantes, ha ido en aumento de 250 000 de promedio anual en la década de 1950, a 330 000 en la década de 1960, a 450 000 en la década de 1970 y a 735 000 en la década de 1980. Hasta la década de 1960, la mayoría procedía de Europa, pero el origen de los migrantes se modificó después de 1965. Los procedentes de América Latina y Asia han constituido el 75 por ciento de los migrantes en Estados Unidos desde la década de 1970.

Sea cual sea el año considerado, la mayoría de migrantes “admitidos” ya vivían en Estados Unidos. En 2005, por ejemplo, las dos terceras partes de los inmigrantes “admitidos” según datos gubernamentales ya estaban en Estados Unidos y sólo transformaron su situación jurídica –de estudiante o extranjero indocumentado, por ejemplo, a migrante legal.

El sistema estadounidense de admisión de extranjeros se compara a menudo con una casa con diversas puertas: las puertas principales son para los migrantes legales permanentes; las puertas laterales son para los migrantes legales temporales, y las puertas traseras para los migrantes indocumentados.

Existen cuatro tipos de migrantes que entran a través de las “puertas principales”. Casi el 65 por ciento de los migrantes legales permanentes son apadrinados por familiares que viven en el país y, piden su admisión. Existen dos amplias subcategorías de migrantes apadrinados por familiares; familiares directos de ciudadanos estadounidenses y otros familiares.

No hay límite para el número de visados de migración que se otorgan a familiares directos de ciudadanos, en 2004, se concedieron unos 406.000 a cónyuges, padres e hijos de ciudadanos estadounidenses. En cambio, existe un tope para el número de visados que pueden otorgarse a familiares de residentes permanentes en Estados Unidos y familiares más lejanos; en 2004, se concedieron unos 304.000 visados dentro de estas subcategoría.

El gran número de postulantes de este tipo de visados familiares conduce a largas esperas, de manera que los cónyuges de nacionalidad mexicana, tienen que esperar un promedio de siete años para obtener el visado, y los hermanos y hermanas adultos, hasta 20 años. Muchos no esperan, sino que entran en el país con un visado de visitante y se quedan, o simplemente cruzan la frontera, de manera que una parte de la población extranjera indocumentada, consiste en familiares de residentes legales, que pueden aspirar con el tiempo a obtener la residencia.

El segundo grupo en orden de magnitud de los migrantes que entran por una puerta principal lo constituyen los admitidos por razón de trabajo: 155 000 en 2004. Casi el 85 por ciento de los visados a migrantes por empleo se otorgan a extranjeros que ya están en Estados Unidos, incluidos mucho que ya están empleados por el mismo empresarios que los apadrina. Sin embargo, una vez que el trabajador extranjero ha conseguido el estatuto de migrante legal, puede cambiar de trabajo.

El tercer grupo lo constituyen los refugiados, básicamente extranjeros reasentados en Estados Unidos que han escapado de sus países de origen. El caso más significativo, son los cubanos, a quienes se les permite permanecer en EU, si logran pisar tierra firme, de acuerdo con una ley de 1966. Por otra parte, los asilados son extranjeros llegados directamente a Estados Unidos y han pedido asilo, han sido reconocidos como refugiados y se les ha concedido el visado de migrantes, lo que incluye tanto al peticionario como a los familiares.

El cuarto grupo que entra por una puerta principal son los migrantes por diversidad, una categoría que se creó en 1990 para compensar los flujos migratorios. La política migratoria de EU, favoreció a Europa Occidental hasta 1965, en que fue superada por los flujos migratorios de América Latina y Asia. En un esfuerzo por otorgar un mayor número de visados a países como Irlanda, el gobierno estadounidense ofrece 50.000 visados anuales para migrantes  “diversos”.

Estados Unidos busca atraer a la mayoría de los visitantes temporales que entran por “puertas laterales”, como pone de manifiesto la publicidad de las líneas aéreas y los hoteles para turistas extranjeros. La llegada de visitantes temporales se incrementó a un máximo de 34 millones en 2000 y bajó después de los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001, sobre todo en la categoría de visitantes por turismo y negocios.

Dos categorías de visitantes temporales que entran por las “puertas laterales” tienen un especial  interés: los estudiantes extranjeros y los trabajadores extranjeros. Las admisiones de estudiantes extranjeros se duplicaron en la última década del siglo XXI, que hay 1 millón de estudiantes extranjeros y visitantes de intercambio.

Desde el 2003, los estudiantes extranjeros tienen que pagar 100 dólares para financiar la base de datos que los controla mientras están en EU. Uno de los efectos  ha sido el descenso del número de estudiantes extranjeros, en particular los procedentes de Medio Oriente; las instituciones educativas y los dirigentes empresariales achacan este descenso  a las políticas de seguridad estadounidenses. El Consejo Nacional de la Ciencia, entre otros organismos, ha advertido del riesgo de que Estados Unidos pierda su ventaja competitiva y no permite permanecer y trabajar en el país a los titulados extranjeros en ciencias o ingeniería. Otro argumento, es que no hay déficit de estudiantes de ciencias o ingeniería y que muchos centros educativos, lo que quieren son estudiantes extranjeros para cubrir puestos académicos con salarios bajos.

Muchos estudiantes extranjeros se quedan para trabajar en el país después de titularse, tal como pone de manifiesto el creciente número de trabajadores extranjeros temporales. La mayoría abandona el país tras algunos años de trabajo, pero algunos se les permiten permanecer hasta 6 años – incluyendo quienes poseen visados H-1B, que se otorgan a extranjeros con títulos universitarios en puestos de trabajo estadounidenses que requieren tales diplomas- y pueden quedarse en el país si encuentran un empleador que los apadrine para un visado de trabajo. La mayor parte de titulares de visas H-1B procede de India y China y la mayoría trabaja en el sector de la informática.

El presidente de INTEL, Craig Barrett, y otros directivos de empresas de alta tecnología afirman que el proceso para obtener la residencia en Estados Unidos debería ser más fácil; Barrett aboga por “engrapar una tarjeta verde” o visa de migrante a cada titulo universitario obtenido por un estudiante extranjero en EU, en ciencias o ingeniería.

La mayoría de los estudiantes que obtienen su primer diploma universitario en ciencias o matemáticas son estadounidenses, pero la mayoría no sigue los estudios para obtener un título más avanzado, ya que no le proporciona mayores ingresos y oportunidades  que compensan el tiempo y el dinero necesarios. Los críticos sostienen que los empleadores deberían reestructurar los salarios y los incentivos de tal manera que los estadounidenses consideren que es preferible obtener títulos avanzados en ciencias o ingeniería en vez de facilitar la residencia a los estudiantes extranjeros.

Los extranjeros indocumentados son personas que están en Estados Unidos, al margen de las leyes migratorias. Las estimaciones relativas en 2007, señalaban la existencia  de 12 millones de trabajadores indocumentados, la mitad de los cuales eran mexicanos, una cifra que aumentaría a un ritmo anual de medio millón de  personas, esto es, más de mil diarios.

De los 37 millones de residentes en Estados Unidos, nacidos fuera del país en 2005, el 31 por ciento se habían naturalizado estadounidense, el 39 por ciento eran migrantes legales y residentes tales como estudiantes extranjeros y trabajadores temporales legales y el 30 por ciento eran indocumentados. Un poco más de la mitad de ellos habían entrado en Estados Unidos, eludiendo los controles fronterizos; mientras que un 40 y un 45 por ciento había entrado con visa, pero no habían abandonado el país, en los tiempos estipulados.

La Patrulla  Fronteriza tiene casi 12 .000 agentes en la frontera con México. Los Agentes de la Patrulla Fronteriza del total de detenidos, un 90 por ciento fueron mexicanos en la frontera común. Casi todos los mexicanos detenidos fueron deportados –incluso dopados en su deportación- a México a menos que lo hubieran sido tantas veces que se presumiera que eran contrabandistas, en cuyo caso fueron procesados por las autoridades estadounidenses.

Las personas detenidas que no son mexicanos  -denominadas en ingles con las siglas OTM,  Other than Mexicans- tuvieron el derecho de recurrir a un juez y explicar las razones por las cuales no debían ser expulsados de Estados Unidos.

En la mayoría de los casos, a los OTM se les libera porque no hay cupo suficiente para alojar  a los detenidos y muchos no se presenten cuando son citados a declarar en la Corte.  Bush prometió sustituir esta política llamada de “captura y liberación”  por una política de “captura y detención “, mediante el aumento de número de celdas en los campos de detención.

La opinión Pública

En las encuestas de opinión pública, la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con que debe reducirse la migración. Menos de un 10 por ciento de los encuestados está de acuerdo con que la migración debería incrementarse. Existen diferencias entre las opiniones del empresariado no conservador, y el resto de los ciudadanos, ya que el apoyo a los migrantes crece a medida que aumenta los ingresos y el nivel educativo. Por ejemplo, en una encuesta reciente un 55 por ciento afirmaba que la migración legal debería reducirse, porcentaje que se reducía al 18 por ciento en la elite empresarial, beneficiada por los migrantes.

La opinión pública cambia a menudo según la coyuntura económica. A finales de la década de 1990 cuando la economía se expandía y las tasas de desempleo eran bajas, la opinión pública se volvió menos restrictiva. Pero eso cambió, después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, cuando una encuesta puso de manifiesto que el 75 por ciento de los estadounidenses quería que se detuviera la migración durante la guerra contra los terroristas.

Los dirigentes políticos  progresistas, han afirmado con claridad que hay que diferenciar entre migrantes y terroristas. Numerosos políticos desechan las inquietudes de la opinión pública sobre la migración subrayando que ya en el pasado se  demostraron infundados los temores de una aceptación de migrantes. Benjamín Franklin temió que los migrantes alemanes llegados a finales del siglo XVIII no pudieran asimilarse. “¿Porqué debe Pennsilvania –se preguntó -, fundada por los ingleses, convertirse en una colonia de extranjeros, que serán en breve tiempo tan numerosos que nos germanizarán, en lugar de ser nosotros quienes los anglicisemos?” Casi dos siglos después, un descendiente de migrantes alemanes, Dwigt Eisenhower, fue elegido presidente de Estados Unidos.

La madre de todas las batallas.

 La migración de México a Estados Unidos

Alemania y México constituyen casos especiales en la migración.  Alemania es el primer país por origen migratorio, puesto que el 10 por ciento de los migrantes registrados entre 1820 y 2005 han sido alemanes. Sin embargo, solo un 4 por ciento de los migrantes llegados después de 1980, proviene de Alemania, mientras que el 70 por ciento ha llegado de México, lo que explica por qué México supera ya, a Alemania como primer país  por origen migratorio. Casi un 25 por ciento de los migrantes con papeles en Estados Unidos y un 50 por ciento de los indocumentados, son mexicanos.

La historia no pronosticaba este resultado. En 1800, México y Estados Unidos tenían poblaciones aproximadamente equivalentes a 6 millones de habitantes. El norte de México –hoy sudoeste  de Estados  Unidos- le fue arrebatado en 1848 por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, y sólo un número relativamente escaso de mexicanos se convirtieron en estadounidenses.

A principios del siglo XX, mientras en México se desarrollaba la revolución contra el dictador Porfirio Díaz, el gobierno estadounidense aprobó la contratación de trabajadores mexicanos. Se implementó el programa “bracero”, mediante el cual fueron admitidos legalmente entre 1917 y 1921, y luego entre 1942 y 1964, cientos de miles de trabajadores mexicanos. El programa de braceros se amplió, sobre todo, en el período de la Segunda Guerra Mundial.

Al finalizar el programa de braceros, miles de trabajadores y sus familias que vivían en poblaciones mexicanas fronterizas con Estados Unidos se quedaron sin posibilidades de encontrar trabajo; entonces, los gobiernos estadounidense y mexicano modificaron sus acuerdos comerciales para impulsar las “maquiladoras”, que son fabricas situadas en México que importan partes, contratan trabajadores mexicanos para ensamblar mercancías – televisores, por ejemplo – y exportan los productos acabados. Las “maquiladoras” nunca proporcionaron muchos puestos de trabajo a los antiguos braceros, que eran hombres, ya que necesitaban a mujeres jóvenes, más hábiles en el ensamblaje.

En la década de 1960 y principios de la década de 1970, eran pocos los migrantes de México a Estados Unidos. Pero se incrementó a principios de la década de 1980, tras varias crisis económicas y devaluaciones del peso mexicano, que incrementó la desigualdad salarial. Los flujos migratorios no tardaron en vincular los pueblos mexicanos, con los centros de trabajo, tanto en la agricultura, como en la construcción, la industria y los servicios.

El Congreso respondió en 1986 con la Ley de Control y reforma de la Inmigración (IRCA), que imponía penas a los empresarios estadounidenses que contrataran a sabiendas trabajadores indocumentados. La teoría era que “el cierre de la puerta del mercado laboral” desalentaría la entrada de mexicanos en el país. Pese a todas las limitantes, se permitió la legalización de 2.7 millones de trabajadores extranjeros y la vinculación de los flujos migratorios entre los trabajadores mexicanos con los centros de trabajo  estadounidenses.

México suscribió en 1994 el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que disminuyó las barreras al comercio y los flujos de inversión. Se esperaba que el incremento de las exportaciones mexicanas disminuyese la migración de México a Estados Unidos. Se equivocaron los pronósticos optimistas.

La década de 1990 fue una época de crecimiento récord del empleo en Estados Unidos, y los mexicanos migraron hacia el norte a un ritmo de 500  a 750 mil personas. En el 2000 tuvieron en México y Estados Unidos a nuevos presidentes que apoyaban los programas de trabajadores invitados para legalizar el flujo de mexicanos hacia el norte. El gobierno de Vicente Fox propuso a George W. Bush “la enchilada completa”: Legalización de los indocumentados, un nuevo programa de trabajadores invitados, reducir las muertes y la violencia a lo largo de la frontera, incrementar las visas de trabajo. Los trágicos atentados del 11 de septiembre, congelaron las negociaciones y las posibilidades de un acuerdo migratorio.

 Efectos demográficos y económicos

Estados Unidos alcanzó en octubre de 2011 la cifra de los 350 millones de habitantes. La población estadounidense se incrementa a razón de tres millones de personas anuales, que incluye un millón de migrantes y un millón de niños nacidos de madres migrantes, lo que permite que estos niños sean ciudadanos norteamericanos.

En 2005, la mano de obra estadounidense incluía 22 millones de trabajadores nacidos fuera del país, lo que representaba el 15% del total. Un porcentaje alto de los trabajadores migratorios estaban empleados en la construcción y la agricultura; mientras que un por ciento menor tenían profesiones, como abogados o directivos de empresa. Los trabajadores migrantes ganaban en promedio entre un 25 y un 35% menos, de lo que ganaban los trabajadores nacidos en EU.

La mayoría de migrantes han llegado a Estados Unidos en búsqueda de oportunidades económicas y a medida que consiguen trabajo, inciden en la economía y el mercado de trabajo estadounidenses. La mayoría de los migrantes en edad de trabajar, que encuentra trabajo, gana y gasta el respectivo salario, paga impuestos y consume servicios públicos. Al hacerlo, los migrantes expanden el empleo y la economía. Con un mayor número de trabajadores migratorios, los beneficios crecen, y el conjunto de la economía aumenta de tamaño como resultado de la migración.

En el estudio más completo sobre los efectos económicos de la inmigración, el Consejo Nacional de Investigación (NRC), enfatizaba que los principales beneficiarios de la migración eran los mismos migrantes, seguidos por los empleadores estadounidenses. Los beneficios económicos netos de la migración, se estimaban entre mil millones y 10 mil millones de dólares a mediados de la década de 1990, lo que representaba un aumento del PIB estadounidense de entre un 1 y un 10 por ciento a causa de la migración.

Una de las cuestiones mas debatidas en torno a los migrantes es si “viven a costa de los estadounidenses”. El Consejo Nacional de Investigaciones concluía, que el gobierno federal se beneficiaba de la migración, pero que los gobiernos estatales y municipales no se beneficiaban.

La mayor parte de los impuestos que pagan los migrantes son impuestos retenidos por el gobierno federal y se utilizan, entre otras cosas, para proporcionar servicios de salud y seguridad social a los ancianos estadounidenses.

Los migrantes pagan menos impuestos estatales y locales de manera que la mayor parte de los impuestos pagados por los migrantes jóvenes y con bajos salarios van al gobierno federal, pero consumen servicios que se financian con impuestos locales y estatales, como la educación de sus hijos.

Proliferan las propuestas antiinmigrantes en EU

 Antela ausencia de una Reforma Migratoria Integral que prometió en su primer periodo, el Presidente Obama, han surgido en los 50 Estados de la Unión Americana, distintas propuestas antiinmigrantes, las más renombradas, son las leyes aprobadas en Arizona y Alabama, que son claramente racistas y antimexicanas.

La Cámara de Representantes, aprobó en diciembre de 2005 por 239 votos a favor y 182 en contra, la Ley de Protección de Fronteras, Antiterrorismo y Control de la Inmigración Ilegal (HR-4437), que aborda la migración  de manera ilegal, desde la opinión de los antiinmigrantes, solo desde el punto de vista del cumplimiento de la ley y promulga la investigación obligatoria de los nuevos contratos y de los trabajadores para asegurar que estén legalmente autorizados a laborar en los Estados Unidos.

También incluye algunos artículos punitivos, como convertir a los indocumentados en un delito grave, esto es en criminales, lo que dificulta aún mas que puedan llegar a ser algún día en migrantes legales. La ley no incluye un programa de trabajadores invitados ni de legalización, bajo la premisa de que el cumplimiento de la ley debe ser eficaz antes de que lleguen nuevos trabajadores migratorios a Estados Unidos.

El primero de mayo de 2006, se produjeron gigantescas manifestaciones en cientos de ciudades a lo largo y ancho de los EU, contra esta ley, con el lema de un “día sin migrantes; hoy marchamos, mañana votamos; somos trabajadores, no somos terroristas”. Los manifestantes apoyaban una reforma migratoria integral, que incluyera tanto nuevas medidas de cumplimiento de la ley como la legalización y los programas de trabajadores invitados.

El Senado aprobó en mayo de 2006, por 62 votos a favor y 36 en contra, la Ley de Reforma Integral de la Inmigración (S-2611), que contiene medidas para reforzar el control de las fronteras y exigen a los empleadores que verifiquen la situación legal de sus empleados y remitan la información a una nueva base de datos gubernamental.

Sin embargo, la ley del Senado también incluía programas de legalización de nuevos contratados y de trabajadores invitados. Las disposiciones de legalización permitirán que los extranjeros indocumentados con al menos 5 años en Estados Unidos se conviertan en “inmigrantes a prueba” si demuestran que han trabajado en Estados Unidos, han pagado los impuestos, una multa de 1,500 dólares y superan  exámenes de inglés y cultura general.

Después de 6 años de trabajo en Estados Unidos, el pago de impuestos y otra multa de 1,500 dólares, los migrantes a prueba podrían recibir visados normales de migrantes. Los extranjeros indocumentados que lleven de 2 a 5 años en Estados Unidos tendrían que cumplir con los mismos requisitos, pero además tendrían que regresar a sus países de origen y después entrar legalmente a Estados Unidos. Los que lleven menos de 2 años en el país tendrán que regresar a sus países, aunque podrán regresar legalmente como trabajadores invitados.

La ley del Senado contemplaba 2 nuevos programas de trabajadores invitados. Uno permitiría a los empleadores de cualquier sector estadounidense “atestiguar” que necesitan  trabajadores migrantes. Los extranjeros con oferta de empleo pagarían una tasa de 500 dólares y obtendrían un permiso de trabajo de 6 años. Dispondrían de un visado durante su estancia en Estados Unidos. El segundo programa, permitiría que 1,5 millones de extranjeros indocumentados se convirtiesen  en migrantes a prueba. Podrían llegar a ser migrantes legales, junto con los integrantes del grupo familiar, en caso de realizar trabajos agrícolas adicionales.

En el verano de 2006, después de muchas audiencias en el Congreso, finalmente no se aprobó en el Senado la reforma migratoria. No se promulgó ninguna ley en la materia, y por el contrario, el Capitolio aprobó 12 000 millones de dólares para construir un muro de más de mil kilómetros, a lo largo de la frontera con México. Este nuevo muro de Berlín, lo único que está provocando es que los migrantes utilicen rutas más peligrosas para entrar en Estados Unidos y aumente el número de mexicanos y centroamericanos muertos al intentar cruzar hacia el norte.

Y después ¿qué?

Los flujos migratorios hacia Estados Unidos, a lo largo de su historia, se asemejan a  olas, con crecimientos y caídas del número de migrantes. La cuarta ola de migración hacia EU, que empezó en 1964, fue el resultado de la admisión anual de 1 millón de migrantes legales y la llegada anual de varios centenares de miles de migrantes indocumentados.

Estados Unidos es un país de migrantes, que en su primera etapa, acogió a casi todos los recién llegados, luego excluyó a algunos tipos de migrantes y desde 1920 ha limitado el número de migrantes mediante un complejo sistema de cuotas. Los migrantes que ya están en Estados Unidos, fueron admitidos a través de diversas puertas principales, pero el rápido crecimiento de la migración se ha producido a través de las puertas laterales y traseras, en especial estudiantes,  trabajadores temporales y trabajadores indocumentados.

Es probable que Estados Unidos siga siendo el principal país de recepción de migrantes del mundo. La historia y la tradición señala que, en pocas décadas, la mayor parte de los migrantes actuales se convertirán en parte integral de la comunidad estadounidense, a medida que los migrantes cambien y que el país cambie para acomodarlos. Sin embargo, los éxitos del pasado en la integración de los migrantes, garantizan el éxito de la integración futura, y por eso Estados Unidos,  y los migrantes en camino, se encuentran en un viaje con destino todavía incierto.

Las peculiaridades de América Latina y el Caribe.

La migración Internacional fue, ha sido, está siendo y será, probablemente, un rasgo permanente de la historia de América Latina y el Caribe (ALC). Desde la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo hasta mediados del siglo XX, AL y el C acogió un gran número de migrantes procedentes de Europa. Solamente entre 1870 y 1930, 13 millones de migrantes europeos llegaron al nuevo continente. En los últimos 50 años,  ALC ha ido disminuyendo su atractivo como polo de migración, acentuándose los flujos migratorios tanto en su interior como principalmente hacia Estados Unidos, Europa y Japón.

Según el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía de la CEPAL, los migrantes  internacionales de ALC llegaban a 25 millones de personas en 2005, representando el 13 por ciento del total de migrantes internacionales en el mundo. De estos 25 millones, los migrantes internacionales interregionales totalizan tres millones de personas que de desplazan fundamentalmente entre países fronterizos o con proximidad geográfica, coincidiendo generalmente con espacios de integración subregional.

Tradicionalmente, los países receptores han sido Argentina, Venezuela y Costa Rica. En los últimos años llegan a Chile numerosos migrantes de Perú, Ecuador y Bolivia, que se suman a la migración argentina de más tiempo atrás.

La masificación de los flujos y la diferenciación de los destinos de los migrantes de ALC, cuya motivación  es ahora principalmente económica, fue en otros momentos de carácter marcadamente política. Recordemos el arribo de los refugiados españoles a México y a Chile a la caída de la República Española y en la década de los 70s, el exilio latinoamericano que encontró refugio en México.

 

Masificación de flujos y diferencias de destinos

Según estimaciones del Pew Hispanic Center, entre 1966 y 2006 la población de Estados Unidos creció en cien millones de personas. Los latinos contribuyeron con un 36 por ciento a este crecimiento. Así, entre 1966-1967 y 2006 la población latina aumentó de 8,5 millones a 44,7 millones, convirtiéndose así en la primera minoría étnica. El crecimiento de la natalidad –cuya tasa es el doble de la estadounidense- y la migración constituyen dos factores explicativos de este crecimiento.

Del total de latinos se estima que el 60 por ciento ya nació en Estados Unidos y el 40 por ciento en sus países de origen. Según esta misma fuente, el 30 por ciento de la población de origen extranjero que reside en Estados Unidos, o sea 12 millones, el número de personas indocumentadas, de las cuales más de la mitad son de origen mexicano.

Si bien Estados Unidos concentra el grueso de la migración latina, la geografía y los destinos se han ampliado y diversificado en los últimos años, sorprendiendo la velocidad con la que se ha producido la “nueva ola migratoria” hacia Europa. Probablemente las mayores dificultades para el ingreso a Estados Unidos y las necesidades de mano de obra en los nuevos países de destino explican en parte esta diversificación de trayectorias migratorias. Se estima que hay entre 2 millones y 2 millones y medio de migrantes latinoamericanos en Europa occidental.

En sólo seis años, España ha multiplicado por siete el número de migrantes de AL: de 200 mil en 2000 ha llegado a ser un millón 400 000 en 2006. El servicio doméstico, agricultura, construcción, hostelería constituyen algunas de las actividades en las que se insertan los migrantes económicos de más reciente llegada: ecuatorianos, colombianos, bolivianos, los que se suman a los peruanos, dominicanos, venezolanos llegados en los años 90.

Puesto que existen medidas que permiten a ciertas personas recuperar la ciudadanía de origen de sus antepasados que emigraron a ALC, existen migrantes que practican lo que se denomina una modalidad de retorno diferido entre generaciones. Además, los latinoamericanos se han acogido, más que otras colectividades de migrantes, a los diferentes procesos de regulación que se han dado en este país durante los últimos años, así como a los procedimientos para la obtención de la nacionalidad española.

En Italia, en 2003 habían registrados legalmente 200 000  latinos procedentes mayoritariamente de países andinos –algunos de migración más antigua como la peruana, y otros de la más reciente como la boliviana y la colombiana-. Hasta hace poco, las mujeres eran ampliamente mayoritarias en los flujos migratorios, precediendo a sus familiares, pero los procesos de reunificación familiar estarían incidiendo en el aumento de la población masculina –esposos e hijos.

La presencia de los caribeños es especialmente importante en Holanda y Reino Unido, países que del total de migrantes, los de ALC son minoritarios. En otras latitudes como el Japón, existirían cerca de medio millón de migrantes procedentes de ALC, mayoritariamente brasileños y peruanos. En Australia son mayoritarios los chilenos y en Israel los argentinos. En Canadá, los migrantes y residentes no permanentes alcanzan casi el cuarto de millón de personas, mayoritariamente mexicanos, chilenos, colombianos y salvadoreños.

A pesar de la diversidad y variedad de las inserciones de los latinoamericanos en los diferentes países europeos, es posible formular dos consideraciones. Primero, que la migración latina se caracteriza por su gran movilidad. Está compuesta por familias que se encuentran repartidas por varios países: España, Italia, Francia o Inglaterra, por ejemplo y que se desplazan de manera permanente por el territorio europeo, de acuerdo a las posibilidades de empleo o de regularización.

Segundo, cabe observar que, en general la pertenencia de los migrantes no es solamente a un país, sino específicamente a una región dentro de éste. Los migrantes brasileños que trabajan en la industria de la construcción en Bruselas son originarios de dos regiones: Minas Gerais y Goias, zonas en las cuales las poblaciones están habituadas a desplazarse en busca de mejores tierras de cultivo o de nuevas fuentes de trabajo, y que además, han constituido redes en el exterior que les permiten acoger a nuevos migrantes, En Lisboa, las redes que reciben a los brasileños provienen del estado de Mato Grosso.

 

Una migración principalmente económica

A diferencia de la migración de los años 60 y 70 de carácter político, en un contexto de regímenes militares autoritarios, la migración  latinoamericana de los años 90s y 2000 es de carácter laboral, integrada por adultos y familias jóvenes. El deterioro de la situación económica, el aumento de la pobreza, así como la existencia y consolidación de redes que facilitan la migración constituyen algunos de los factores explicativos del aumento masivo del flujo migratorio durante los últimos años.

El caso ecuatoriano constituye en ejemplo típico. El fin de los años 90 marca la consolidación de la dinámica migratoria iniciada en los 80. Las reiteradas crisis políticas y económicas que ha vivido este país situado en la mitad del mundo, así como la existencia de redes sociales previas, explica la intensificación de los flujos migratorios a inicios del siglo XXI, y según los especialistas, se convierte en un hecho nacional, multiclasista, multigeneracional y feminizado

La migración con aroma de mujer.

Las mujeres representan una proporción creciente de los migrantes internacionales de ALC. En 2001, las mujeres constituían el 70 por ciento de las dominicanas y de las brasileñas llegadas a España.  Ello coincide con el incremento de la demanda de mano de obra doméstica debida a varios factores, especialmente a la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, a la falta de trabajadores en la economía de cuidados de salud y, al envejecimiento de la población.

Hay en a comunidad internacional una creciente preocupación por la vulnerabilidad de estas mujeres migrantes, víctimas de discriminaciones y de violaciones de sus derechos humanos y libertades fundamentales. En diciembre del 2005, el Comité por la Igualdad de Comunidades entre Mujeres y Varones  de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa publicó un informe sobre la integración de las mujeres migrantes en este continente, documento en el que exige a los Estados reforzar la protección de los derechos humanos de dichas mujeres.

Migraciones y remesas.

La comunidad latina migrante constituye una población heterogénea cuyos integrantes mantienen un vínculo muy fuerte con su país de origen, lazo que se expresa en el intercambio de bienes materiales y simbólicos. Las remesas han atraído la atención de instituciones internacionales tales como el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

De 1 120 millones de dólares estadounidenses recibidos en 1980, ALC ha pasado a recibir 54.000 millones en 2005, convirtiéndose en la primera región receptora de remesas en el mundo. Desde España, las remesas enviadas por los trabajadores migrantes, el 50 por ciento se dirigió a Ecuador. En 2005, el monto de tales remesas representó más que la ayuda al desarrollo y la inversión extranjera directa. En 11 de 16 países de ALC, dichos envíos fueron mayores que el valor de las exportaciones agrícolas y, en 12 fueron superiores a los ingresos del turismo.

Según un estudio del BID de 2006, se estima que para ese año las remesas de los latinos desde Estados Unidos serán de unos 45.000 millones de dólares, suma correspondiente al 10 por ciento del total de sus ingresos; siete de cada diez migrantes de ALC enviarán, en promedio, 300 dólares cada vez. La edad media de ellos ha disminuido desde 2001, siendo los más jóvenes nacidos en México y América Central.

En 2005, desde Japón, fueron enviadas remesas totalizando 2.650 millones de dólares: 82 por ciento hacia Brasil, 14 por ciento al Perú y 4 por ciento al resto de ALC. Las remesas suscitan amplios debates sobre su uso en los hogares, su impacto en el bienestar, sus costos de transferencia, su potencial para la economía, etc. Existen fundadas críticas, que señalan que el uso de las remesas como recurso para mitigar el fracaso de las políticas de ajuste estructural y de liberalización comercial en el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la población, más aún dado que son precisamente las mismas instituciones que propiciaron  tales políticas las que ahora exaltan el efecto multiplicador de las remesas. Estas constituyen, según dichas críticas, un ingreso familiar que permite compensar las devaluaciones, las reducciones del poder de compra y las crisis recurrentes en la región latinoamericana y caribeña.

Estados Unidos atrajo en 2002 a un 60 por ciento de los profesionales de la región, altamente calificados que van a vivir al exterior: México destaca por tener el mayor número  de graduados viviendo en Estados Unidos (14,3%), seguido por Colombia (11%), Ecuador (11%), Chile (5%), Brasil (3,3%) y Argentina (2,5%). Las cifras son aún más preocupantes respecto a los países más pobres: ocho de cada diez haitianos y jamaicanos con títulos universitarios viven fuera de sus países. ¿De que manera la región latinoamericana y caribeña debería empezar a sacarle provecho? ¿En la nueva economía global, la circulación del talento puede ser una ganancia para las partes?

Diseño de políticas públicas que regulen los procesos migratorios.

Mucho se ha debatido sobre los vínculos entre migración y desarrollo buscando identificar las prioridades y armonizar los procedimientos. Inclusive las Naciones Unidas convocaron en septiembre de 2006, un diálogo de alto nivel sobre esta problemática. El Banco Mundial asume como objetivo prioritario 2006-2008 identificar políticas que beneficien a las dos regiones y a los migrante. El informe 2006 de la CEPAL subraya las discriminaciones y violaciones de los Derechos Humanos de los migrantes. La menor importancia atribuida a este problema se evidencia al comprobar la lentitud del proceso de ratificación de la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familias, aprobado por la ONU desde 1990.

En los debates sobre el Quinto Centenario,  Eduardo Galeano decía que “los productos latinoamericanos se han devaluado, los latinoamericanos también”. Sólo tres lustros después, los migrantes internacionales de la ALC totalizan siete veces la población del Uruguay. Varios han retornado a los lares de sus ancestros sin por ello romper el cordón umbilical con los de sus padres, cónyuges e hijos, aunque ahora dicho cordón se nutre de cartas, remesas, regalos, llamadas telefónicas y correos electrónicos.

El hecho incuestionables es que los emigrantes de ALC ya se han repartido por los 5 continentes en un proceso muy complejo en el que las redes de solidaridad coexisten con mafias que trafican con seres humanos. Por su parte,  José María Arguedas decía: “Bien sabemos que los muros aislantes de las naciones no son nunca completamente aislantes”.